El asperger un espectro de un trastorno

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La generalización que resaltamos se ha hecho más marcada en los últi­mos años con la incorporación del enfoque dimensional que incluye un continuo de manifestaciones que se presentan en varios cuadros clínicos de diferente gravedad, centrados en las señaladas alteraciones en la inte­racción social, los trastornos en la comunicación y la rigidez de las con­ductas.

Hasta hace poco, estos rasgos se encontraban presentes en uno de cada 10.000, pero en la actualidad la clasificación ha llegado a abarcar hasta 60 de cada 10.000 niños. Así como al comienzo se consideraba un cua­dro "raro" y se creía que los casos se daban en estratos económicos medios y altos con altos niveles de exigencia, esto ya no puede sostener­se ahora. Ni tan raros ni tan sólo pertenecientes a un sector social o cier­to perfil de padres.

Hay varios factores que han contribuido a esta expansión que adquie­re visos "epidémicos" y que no podemos desligar de la manera como se caracterizan otras "epidemias" concomitantes, relacionadas con nuevas formas también "dimensionales" y "espectrales", que involucran a los niños mal llamados ADD o bipolares.


En primer lugar, en nuestro país encontramos que este incremento ocu­rre muchas veces en familias con una inserción social precarizada, produc­to de los resabios de la dcbacle del empleo y la inserción social posterior a las políticas neoliberales. La preocupación, cuando no la desesperación por la supervivencia, han absorbido la libido parental de muchas familias dejando al niño des-investido o ubicado en lugares y funciones nocivas. Los modos de inscripción de los niños en la vida y fantasmáticas parentales no están al margen de estas dimensiones socioculturales y epocales. Así, ellos no han sido tomados y respetados en su alteridad en los lazos fun­dantes. Una situación que no es la narcisización de tinte fálico que una madre pueda hacer de un hijo que la colma, sino un lugar de objeto fan-tasmático, fuente de incomodidad, cuando no de goce y daño.

En segundo lugar, nos encontramos con que, a partir de 1990, se ha generalizado, a través del ya mencionado enfoque dimensional, el llama­do espectro autista? otro término que funciona como "palabra maestra" y cumple una función de "paraguas" que, en lugar de recortar entidades discretas, promueve un continuo donde las gradaciones y los matices pre­valecen. El acento para la creciente inclusión en el espectro autista está puesto en similares, pero no idénticas, áreas afectadas: la comunicación social (desarrollo de lenguaje nulo o alterado, lenguaje estereotipado o repetitivo y pobre intención comunicativa), las relaciones sociales (desde aislamiento hasta cierto grado de afectación de su capacidad de lazo social) y el pensamiento imaginativo (preocupaciones obsesivas e inflexi­bles en ciertos tópicos, manierismos y dificultad para un juego imitativo y de "como si").

Se ha creado así, a partir de esta concepción, un continuum imaginario desde cuadros con una severa
retracción hasta otros con limitaciones subjetivas y sociales menores. Esta amplitud para muchos incluye y para otros excluye al Síndrome de Asperger. Justamente: "¿cuándo un unió fanático de la computación (computer 'nerd') se convierte en 'un' Aspeger? No hay una línea que divide blanco/negro". Es decir que, si antes de la última revisión del DSM-IV en 1994 los niños autistas se encontraban clasificados con otros cuadros graves y de mal pronóstico, desde ese momento se deja abierta una amplitud que coloca al autismo en un "amplio rango donde se incluye desde un científico brillante hasta alguien que permanece sin hablar y con una severa discapacidad". Lo que se pier­de de este modo, como dijimos al comienzo, es la significación clínica de la gravedad de los síntomas.

Ciertas expresiones fenotípicas atenuadas reflejarían el mismo funda­mento, esto es, la creación de una entidad biogenética común. Pero no todos piensan así: "No podemos aceptar una explicación simplificadora de ese orden, ni aislar lo que sucede en las interrelaciones entre lo genético y los factores de orden vincular y afectivo"

Sobre este territorio, la novedad que aportaría el DSM V sería una acentuación de la trama espectral, por lo que el desorden de Asperger colapsaría en esta nueva categoría unificada, consolidación que permane­ce controvertida y presenta serios problemas. Aquellos que padecen del llamado Síndrome de Asperger serán estigmatizados por su asociación con el desorden autista clásico. Aun más, en la práctica usual diaria con­ducida por no-expertos, el concepto de espectro alimentará fácilmente la "epidemia" del pobremente definido autismo, que ya ha sido disparada por la introducción del Asperger en el DSM-IV.

En tercer lugar, la inclusión de niños -tanto en nuestro país como en occidente- en programas de cobertura y acciones de cuidado se hace a través de un etiquetamiento que legitima la gravedad del cuadro y la pertinencia de cierto tipo de abordajes. No nos olvidemos de que se trata de cuadros mayoritariamente graves, que requieren múltiples intervenciones y profesionales en el equipo tratante, y moviliza múltiples recursos institucionales. Esto ha generado en todo el mundo el desarrollo de organizaciones impulsadas por profesionales o padres que, accediendo a Inter­net, se han informado y ejercen una fuerte presión, un lobby para lograr reconocimientos y coberturas específicas.

En nuestro país ha habido en los últimos años un aumento de la tra­mitación de los muy mal llamados
certificados de discapacidad, que habi­litan para obtener beneficios legalmente resguardados. Como se avienen a tomar los cuadros descriptos en el DSM y reconocidos por la seguridad social, como es el caso de los TGD, el ADHD y los TBPI, estas organi­zaciones terminan llevando adelante una propuesta "tecnocrática" que objetiva trastornos, pone la responsabilidad de los cuadros en los genes y la solución en los recursos biológicos y conductistas, con lo que no cuestionan sino que promueven el etiquetamiento y la expansión medicalizadora. Ya señalé la conveniencia de renombrar este certificado como "certificado de necesidad de prácticas especiales", de modo de centrarlo en las prácticas y no en las limitaciones del niño. He sido testigo de muchos testimonios de lo invalidante y rechazado que resulta para ellos esta categorización.

El empleo del término "espectro autista" lleva a que un número impor­tante de chicos con cuadros atípicos con dificultades sociales y un CI nor­mal, sin síntomas psicóticos clásicos ni deterioro demostrable, en los que antes se pensaba una forma de psicosis atípica, terminaron clasificados como Asperger's.


Un último elemento a considerar es que, junto con el meteórico aumento en las tasas de diagnóstico del Asperger, lo que más ha aumen­tado es lo que se denomina síndrome de desintegración infantil, ante­riormente considerado como autismo secundario, esto es, un cuadro levemente más tardío y menos lineal que el autismo primario y que antes de los '70 no entraba en consideración ni en la clasificación.

La precarización y eficientismo familiar, el enfoque dimensional "espectral", los requerimientos de codificación para la prestación de ser­vicios y el aumento del Síndrome de Asperger y de los casos secundarios han contribuido en diversa medida al aumento franco de la consulta por estos niños, que presentan cuadros donde no encontramos instancias recortadas y en conflicto, sino un daño perdurable e incapacitante de sus posibilidades de despliegue y que, sean cuales fueren sus determinaciones, resulta desconcertante para todos quienes los rodean.

Para poder ratificar o cuestionar la validez de nombrar de esa manera a cada uno de esos padeceres, nos detendremos en cada cuadro, luego de lo cual haremos un rodeo por dos nociones que están implicadas en cual quier análisis de estos cuadros: la de mitogenética y la de desarrollo.

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